lunes, 13 de febrero de 2012

Becarios y practicas...

He leido un muy interesante articulo sobre el trabajo en practicas, merece la pena leerlo....da en el clavo a la perfección.




Resulta manido, pero no por trillado deja de ser la realidad nuestra de cada día: si llamas al hijo de la prima de tu madre, que es fontanero, para que te haga una chapuza en casa, el último giro de la llave inglesa vendrá acompañado de un papelito en el que el acreedor habrá escrito 120 euros del ala. En cambio, si alguien contacta con Ana, que además de mi prima es periodista, para invitarla a participar en un nuevo e interesante proyecto –lo típico–, lo más habitual es que le digan que, bueno, en principio, no podemos pagar, pero si todo va bien en dos o tres meses pensamos retribuir las colaboraciones. Ya.

Estos días los plumillas volvemos a hablar de que no se puede trabajar gratis ni cobrar una minuta irrisoria. Todos lo hemos hecho en algún momento, pensando que si aprovechábamos –en realidad, se aprovechaban de nosotros– las prácticas de turno y dábamos el callo como es debido, a lo mejor nos ampliaban la beca, incluso nos daban unas perras –la figura de colaborador fijo es acojonante, ¿qué no?– y, con un buen hostiazo de suerte, nos hacían un contrato en prácticas. Yo, hasta los treinta, siempre defendí ciegamente el amaestramiento, hasta que un día una periodista nos hizo ver a los becarios que habíamos empezado a cavar nuestras propias tumbas. No tardamos en percatarnos de que siete chavales estábamos sustituyendo no a otros tantos profesionales pero sí a lo mejor a tres o cuatro. Por un sueldo muy inferior, claro.

– ¿No os dais cuenta de que dentro de unos años os pasará lo mismo, ya que los puestos de trabajo que deberíais ocupar vosotros estarán siendo desempeñados por becarios? —nos decía con razón.

Los periodistas ya casi somos como las modelos. Lo damos (casi) todo antes de que nos haya abandonado la última espinilla y, cuando hemos logrado meter un pie en la profesión, ya resultamos caros, exigentes y viejos. Aunque cobremos un sueldo normalito, pidamos no ya lo justo sino lo digno y tengamos un carné de identidad insultantemente lozano. Atrás llegan empujando hordas de licenciados con ganas dispuestos a lo mismo que hemos hecho nosotros previamente: trabajar gratis, hacer noche si es necesario en la redacción, pagar el taxi o el menú del día para no incordiar con un par de facturas, acariciar un magro botín.

El ofrecimiento en ocasiones es propio de la virgen de los Milagros de Caión: hacer kilómetros de peregrinación a pie y subir la última cuesta que conduce a la ermita de rodillas a cambio de un futurible extraordinario (como si lo ordinario fuese el desempleo o el trabajo precario). El otro día, por ejemplo, un alumno de Periodismo que estudia en un país extranjero envió un correo electrónico a un medio con una noticia adjunta (que no había sido encargada) y unas líneas de presentación en las que dejaba claro que no exigía dinero a cambio: la única condición era que la pieza, en caso de ser publicada, fuese firmada.

Escalofríos.

Obviamente, este post no es una crítica a quien trata de dar sus primeros pasos. Creo que la figura de becario (el aprendiz de toda la vida) es necesaria y que, en ocasiones, obtiene más de lo que da. Esto, cuando recibe una formación y desempeña una labor acorde a su categoría, aunque el problema surge cuando asume la función de un trabajador, pero sin nómina, seguridad social ni derechos laborales. El empleado casi gratis o a precio de ganga, que no huele ni traspasa.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Con una demanda laboral limitada, a los voluntariosos sin formación académica sumen la máquina de hacer chorizos de las facultades de la cosa, más los licenciados en otros rubros que toman el camino del Periodismo, más el producto de las maestrías, más los paracaidistas circunstanciales, más los profesionales forasteros con nómina asegurada y tiempo libre para hacer sus pinitos en el sector, más los currantes de toda la vida que no se jubilarán hasta los, coño, sesenta y siete. Aunque esto da para otro escrito, lo del retiro es un decir, porque si no encontrar trabajo en la veintena resulta un trauma, imagínense pasar a engrosar las listas del paro en la cincuentena. Están cayendo, caeremos, como moscas. Entonces, encontrar un curro dignamente pagado, sí que resulta –nos resultará– una odisea. Somos –seremos– como las actrices maduras condenadas al injusto ostracismo de la industria del cine.

Todo esto se complementa con el ¿romanticismo? inherente a esta profesión considerada como vocacional, que tantas veces nos lleva a escribir por amor al arte. Como si un ortodoncista o el fontanero hijo de la prima de mi madre no soñasen desde críos con poner los piños ajenos en formación o cercenar la intermitencia de una gotera, aunque nadie les rechiste cuando nos piden a cambio el riñón que nos queda después de haber subastado el otro en eBay para poder pagar el alquiler, el gas, la luz, el agua y los 150 gramos de jamón york del cuadrado.

Se me quedan muchas cosas en el tintero, pero es tarde ya y me está entrando una depresión de caballo. Y sí, a caballo regalado hay que mirarle el dentado. Que se lo pregunten al ortodoncista si no.